miércoles, 13 de abril de 2016

Mandrágora



La mandrágora

La mandrágora, También conocida como manzana de Satán, manzana del amor o planta de Circe crece en bosques sombríos, a la vereda de ríos y arroyos donde la luz del sol no penetra. Su raíz es gruesa, larga, generalmente dividida en dos o tres ramificaciones de color blancuzco que se extienden por el suelo (su aspecto antropomórfico a dado pie a múltiples leyendas); sus hojas son de un tono verde oscuro; sus flores son blancas, ligeramente teñidas de púrpura; el fruto es parecido a una manzana pequeña y exhala un olor fétido.

Con fines medicinales se recogen las raíces que se secan al aire y se muele. La raíz de mandrágora se clasifica dentro de grupo de hierbas anodinas (hierbas que calman el dolor) por sus propiedades narcóticas y soporíferas y se utiliza para tratar dolores reumáticos. La mandrágora tiene propiedades eméticas y laxantes. Externamente tiene propiedades anti-infecciosas.
Los principios activos responsables de estas propiedades son una serie de alcaloides derivados del tropano como la escopolamina, la atropina, hiosiamina y mandragorina un potente alcaloide narcótico e hipnótico. La mandrágora es fuertemente tóxica y sólo se debe usar bajo prescripción médica.

La leyenda

La mandrágora ha sido protagonista de muchas leyendas y rituales. Los magos hacían con ella algo similar a una figura humana, tallaban una figura Imagen en sus raíces presionando la raíz a cierta altura para formar un supuesto cuello, y cortando todas las bifurcaciones excepto cuatro, que serían las extremidades, y las adoraban como a dioses.
Se creía que la planta tenia características humanas porque sus raíces parecían dos piernas. Hay historias que cuentan que esta gritaba lamentándose cuando la arrancaban de la tierra, pudiendo enloquecer a las personas; y por eso amarraban a un perro a la planta para arrancarla.
Se decía que crecían bajo los patíbulos donde caían los líquidos de los cadáveres pues se dice que crecían a partir del semen de los ahorcados. Era usada tanto en magia negra como en magia blanca, ya que es venenosa y curativa al mismo tiempo, según el uso; y cuando juzgaron a Juana de Arco la acusaron de usar la planta porque pensaban que ese era el motivo oyera voces. En la Biblia se alude a sus poderes, Raquel que era estéril fue madre gracias a una infusión de mandrágora.

Oropéndola


jueves, 14 de enero de 2016

El huerto (cuento macabro)

El tío Gonzalo vivía al final de un pequeño pueblo, frente al cementerio.
Nadie entraba en su viejo caserón, sus puertas y ventanas estaban siempre cerradas.
Era un hombre viejo, muy alto y fornido, con el pelo gris y su cara surcada de arrugas.
En su boca jamás nadie vio una leve sonrisa.
La huerta que había detrás de su casa estaba llena de árboles frutales, y a comienzos del verano de sus ramas colgaban excelentes frutos, los más grandes y sabrosos de todos aquellos campos que rodeaban al pueblo.
Mis amigos y yo no podíamos aguantar la tentación y nos adentrábamos en su huerto a robarle algunas frutas, pero siempre con el miedo a flor de piel, por el pánico que nos producía el tío Gonzalo si nos descubría allí.
Yo hoy, con el paso de los años, pienso que sus frutos eran los más sabrosos y más grandes, porque los árboles eran abonados con los huesos de los muertos, de los que él era el sepulturero. Esas maravillosas frutas eran alimentadas por la muerte.
Los vecinos cando visitaban el cementerio solo estaban ante unas tumbas vacías, el verdadero cementerio se había trasladado al huerto del tío Gonzalo.

Autor: Narciso del Río


lunes, 11 de enero de 2016

La rana y el zarzal

Las manos de mi hermana me enjabonaban todo el cuerpo, yo estaba allí desnudo en la bañera y ella me frotaba más y más casi hasta hacerme sangrar. Yo sufría ella reía.
Me vistió con mis mejores ropas. Me sentía muy a gusto y feliz.
Salí muy deprisa, casi corriendo. Y cuando llegué a la otra orilla del pueblo, ya estaban allí todos mis amigos, también con sus mejores galas; pero yo me sentía el más bello y guapo del lugar.
Al borde de la carretera vi una hermosa rana. Quería tener su fresca panza sobre mi mano y mirar los dibujos de su piel.
Cuando quise atraparla, la rana saltó y yo caí tras ella por el barranco a un zarzal.
De allí salí con todo el cuerpo arañado y mi hermosa ropa destrozada.
Todos estaban asombrados, yo, el más bonito y bello, por una simple rana acabé casi devorado por un zarzal.

Autor; Narciso del Río


sábado, 9 de enero de 2016

La fuente de las palomas (cuento de terror)






Al final de la loma, antes de llegar al Camino Real, se encontraba la única fuente donde saciar mi sed.

Los sedientos jérguenes casi devoraban a la llamada Fuente de las Palomas.
Un estrecho camino nos conducía a ella y a su menguante caudal. Un  par de gotas de agua formaban un pequeño charco.
 Los arbustos con sus largas agujas, solo deseaban succionar la escasa agua.

Con los labios resecos del largo camino,  me adentre en el estrecho sendero.
Los plateados aguijones intentaban arañar mi sudorosa  piel. Al final bajo una gran roca se encontraba el exiguo manantial.  Avispas revoloteaban.
Sorbí con avidez la poquísima agua.

Al salir, vi un gran perro negro con su jadeante boca entreabierta. Esperaba su turno para beber.
No pudo apagar su sed yo me había adelantado.

A escasos metros del camino Real  unos largos colmillos  se abalanzaron sobre  mi garganta.
 El oscuro animal  saciaría su sed por fin con mi sangre.


Narciso del Río








jueves, 7 de enero de 2016

La higuera y la oropéndola (fábula)







Al final de una pequeña loma se distinguía el verde intenso de una viejísima higuera.
 Solo un pequeño camino llegaba hasta ella, todo el terreno estaba ocupado por plateados jérguenes de largas púas.

El camino era cada vez más estrecho,  si apenas se podía pasar por el para coger los deliciosos frutos.

Un viejo labrador se afanaba el luchar contra los amenazantes espinos pero cada vez que cortaba alguno, este se desprendía de sus incontable semillas , las cuales volvían a germinar en pocos días.
 El trabajo era agotador y el viejo desistió en su lucha. Ya no podría comer más de los sabrosos higos.

La higuera fue poco a poco sucumbiendo, devorada por ejercito de largos y blancuzcos  aguijones.  
Sus últimos y apreciados frutos fueron picoteado por una brillante y alegre oropédola, que después esparcirá sus semillas por lejanos lugares de la Tierra.                                                                                    

Autor; Narciso del Río